lunes, 10 de enero de 2011

La carretera (publicado en diario HOY, 02/01/2011)

Para los que dicen que ya no se hace buena literatura, está La Carretera de Cormac McCarthy: libro más vendido en Estados Unidos el año 2007 y ganador del Pulitzer. Su versión fílmica se estrenó en Latinoamérica el 2010. Si la película es conmovedora, el libro es arrollador. El mundo está en cenizas. El cielo, el mar, los árboles, todo gris. La tierra se hace sentir cada cierto tiempo. No hay un precedente natural que cause ese escenario: ese es el mundo de La carretera, y ya está. Y es de imaginarse que el hombre batalla contra sí por la supervivencia: se forman batallones asesinos en busca de comida. Carne de cualquier mamífero. Lo que sea. Hay pasajes que hielan.


El contexto: “Casi toda la ciudad estaba quemada. No había señales de vida. Coches en la calle con una costra de ceniza, todo cubierto de ceniza y polvo. Rastros fósiles en el fango reseco. Un cadáver en un portal, tieso como el cuero”. Las personas: “Los ojos brillantes en sus cráneos. Hollejos de hombres sin credo tambaleándose por los pasos elevados como emigrantes en una tierra salvaje. La fragilidad de todo por fin revelada. Viejos y preocupantes problemas desintegrados en la nada y en la noche”.

Dos personajes: un padre y un hijo. Sin nombres. Una relación con reminiscencias religiosas. La historia nos la cuenta un narrador omnisciente que habla en tercera persona. McCarthy intercala estilo directo libre para desarrollar los pensamientos del padre de una manera ágil y profunda. De un padre que sí conoció otro mundo. Un mundo con colores y sabores. Con una esposa que se rindió porque tenían solo dos balas en vez de tres. Que escogió el camino fácil: la obsidiana. Y el hijo que es la razón de ser del libro. Sin el hijo no hay historia. El hijo que salva.

McCarthy logra poner la esperanza en este personaje pero no solo por el hecho de que vivirá más, sino porque en él está el fuego. Él siempre quiere ser de los buenos, pase lo que pase. Él era la garantía de la vida del padre y de su moralidad en un mundo de animales que veían a través de los ojos de calaveras humanas. El chico es el que se preocupa por todo, ante la exasperación silenciosa pero comprensiva del padre. Comprende la inocencia. Comprendía algo de belleza o bondad que presentía al verlo dormir que lo ataban a la cordura. “Quizá el chico cree en Dios; ya se le pasará”, dice un viejo que encuentran en el camino. “No. No se le pasará”.

Pensar que Cormac McCarthy dedica la novela a su hijo impresiona. Un testamento de vida y de impresiones sobre el camino recorrido. Un camino que puede ser como esa carretera. Rodeado de soledad. Ceniza. Asesinos. Frío. “¿Lleváis el fuego?”, pregunta al final el hijo sin saber cómo agarrar la pistola. Eso es lo importante. Resuena algo de “si no os hacéis como niños…”.