miércoles 13 de julio de 2011

El baile (publicado en revista Rollinga, julio 2011)


No sé si hay algo más lamentable que la conducta movida únicamente por el reconocimiento social. Por lo que digan las tías o por la imagen proyectada. Hay razones miserables y microscópicas para actuar, pero una de las más tristes es la legitimación dentro de un grupo socioeconómico, sea la burguesía parisina de inicios del siglo XX o la aristocracia santiaguina del 2011. El querer ser aceptado por el clan exclusivo. Ese de apellidos angloeuropeos, clubes, pelos teñidos y universidades caras. Todo lo que detestaba Holden Cauldfield. Vivir con las máscaras de Anonymous y decorado faraónico pero tener las entrañas apolilladas. Vivir para cumplir la función de un infocus.



Hay que instalar a Irène Némirovsky. Me lo dijo el responsable del 90% de lo valioso que he leído. Entré a la biblioteca de la universidad y me encuentro con algunas decenas de la novela –cuento largo– El baile. Sus noventa páginas funcionaron como combustible para sacar mi cédula y entrar dando un portazo a la millonaria casa de los Kampf. Esos nuevos ricos que, con la apoteosis mundana de ofrecer una fiesta, querían que sus invitados los vean. Que avalúen sus muebles. Que analicen sus vestidos y joyas. Que hagan cuentas de los gastos del evento y se convenzan que definitivamente han llegado. Son nuestros.


Sin embargo, la dinámica y la concentración emotiva del relato están en su única hija Antoinette. Una adolescente de 14 años que sueña con estar enamorada y vive un constante abandono de su frívola e insensata madre. Esta se despreocupa de la formación de su hija y la llena de prohibiciones porque “ahora quiero vivir yo”. Se convierte en su enemiga, lo que al final de esta novela lineal y simple de estructura, le resulta caro, sobre todo tratándose de una mujer cuya felicidad estaba medida por el número de invitados asistentes al evento. Es una de esas mamás que viven su segunda adolescencia, adictas a los tés de señoras y al gimnasio. De esas que ya no están adscritas al club de los hijos lo primero, aunque con algunos dólares y paseos se convenzan de lo contrario. De esas que creen que la única necesidad de su hija es una pareja con buen apellido, con pedigree. Felizmente Antoinette llega a experimentar vergüenza por el miedo que tenía hacia sus padres y se encamina hacia una solución muy de adolescente: destruir, correr, llorar. Y con su incipiente feminidad a flor de piel termina poniendo en una balanza el maldito baile vedado frente al amor y la muerte.


Némirovsky escribió esta novela con tintes autobiográficos cuando tenía tan solo 25 años. Aún no se le rechazaba su petición de nacionalización francesa por ser judía, ni huía a refugiarse con su familia, ni era deportada a Auschwitz. Habrá que leer lo que sus hijas han logrado rescatar de lo que produjo hasta sus 39 años.