lunes 25 de julio de 2011

Indignación (publicado en La República, 25/07/2011)

Escribo desde la indignación. Varios meses llevaba sin hablar de política aunque es lo que he estudiado. Pueden anotar otro logro de la revolución ciudadana: anclarme a la literatura, sabiendo que cerraba los ojos ante una bomba de tiempo. Estaba saturado de corrupción, harto de que las leyes y principios sean poesía barata, de ver que las instituciones sean un pretexto para las personas. Vivimos en un país en el que cada cierto tiempo cambia el dueño del circo y todo está a merced de su voluntad, tal vez ahora más que nunca, y lo digo sabiendo que caigo en el lugar común. A veces imagino a los ecuatorianos –y sobre todo los que están cerca del debate y la acción política– como piezas administradas a voluntad de constructor de la Matrix. Fichas de un juego de mesa. Ahora te tocó dos turnos en la cárcel mientras yo paso por go y cobro ochocientos. Y así vivimos, resignados, viendo la Copa América y memorizando desde los libretos de Bonafont y del Cholito los demás records de la revolución, embutiéndonos de propaganda que nos transporta a los totalitarismos del siglo XX.

Tras el fallo del juez que condenó a Palacio y a la familia Pérez mi primera reacción fue querer largarme. No llevo ni medio año desde que regresé al país y si hubiera tenido un boleto a la mano tal vez estaría en algún país libre y democrático. No es una solución. No es patriótico. No es justo ni es lo que haría después de pensar un poco las cosas. Pero es comprensible: es insoportable ser testigo del odio. Es frustrante ver cómo el poder aplasta sin pudor ni reparos a tres accionistas de un diario que nada tienen que ver en qué es lo que se publicó. Y a un columnista por meterse en un tema que se está convirtiendo en tabú y verdad incuestionable: lo que sucedió el 30 de septiembre. Sobre los hechos de ese día hay que creer lo que nos dice Correa, lo que construyen desde Carondelet. No responda, investigue, ni pregunte: crea. Tenga fe.

Son cuatro líneas las que cuestan 80 millones de dólares y más de mil días de cárcel. Muchos ni habrán leído el texto y dan por sentado que existió injuria y que lo único incoherente es la desproporcionalidad de la sentencia frente a una decena de palabras. Más allá de entrar a análisis filológicos de “ordenó fuego a discreción” o de “recuerde que los crímenes de lesa humanidad no prescriben”, en este juicio todo está maleado. La presión en el Palacio de Justicia, los huevos arrojados contra Emilio Palacio, el juez Paredes que ejerció pocas horas, leyó miles de páginas en menos, y escribió cientos en minutos. Una sentencia subida a internet a medianoche. Fragmentada. Los demandantes que apelarán para que se la indemnización y destrucción sean totales.

Aquí hay odio, no solo desproporción. Odio y abuso de poder. Eso es insoportable. Nos hace sentir inseguros, pequeños, manejables, ya seamos gobiernistas o no. Y eso indigna y frustra. Causa tristeza.