Podemos imaginar esa aula de clase
de adolescentes en la que el grandote impone sus reglas y castigos. Ese que le
cuesta unir sujeto y predicado pero que tiene cicatrices en los nudillos y que
cuenta las historias de los hermanos mayores como propias, hace los bautizos, establece
escalafones arbitrarios, premia a sus incondicionales. Todo es disimulado y
eficaz: el silencio producto del miedo es el aceite funcionar a la perfección
los engranajes de esa máquina primitiva.
La democracia surge cuando
Aristóteles concibe al hombre como zoon
logon ekhon, un ser capaz del discurso donde la preocupación primera de los
ciudadanos es hablar entre ellos. Donde se intenta que el pequeño, flaco y de
voz débil, se sienta políticamente igual al grandote y ambos se escuchen. Y se
va construyendo un esquema bajo el cual las cosas funcionan más o menos bien:
uno que gobierne, algunos otros que impongan justicia, y una gran cámara en la
que todos estén representados elaboren las leyes y fiscalicen al que gobierna.
Aceptar –y ansiar– la independencia entre esos tres poderes, es lo único que
permite a una sociedad salir de ese bullying
colegial.
La inmunidad parlamentaria (freedom from arrest) es una condición
sin la cual no se puede dar la fiscalización al poder ejecutivo, y querer
abolirla únicamente desenmascararía un tirano. El art. 128 de la Constitución
señala que los asambleístas “no serán civil ni penalmente responsables por las
opiniones que emitan, ni por las decisiones o actos que realicen en el
ejercicio de sus funciones”. Veamos. Galo Lara ha acusado al Presidente de
dirigir actos de corrupción como el envío de dinero fraudulento a las Bahamas y
asegura tener pruebas. Eso está dentro de sus funciones. César Montúfar acusa
al abogado del Presidente de redactar la sentencia que favoreció a su defendido
y condenó a diario El Universo y asegura tener pruebas. Eso también está dentro
de sus funciones. Entonces, ¿por qué ese show de abandonos de inmunidad?
Y el desafío a César Montúfar está
envuelto en una ironía tenebrosa: se lo invita a someterse a la justicia que él
mismo denuncia. Montúfar supuestamente demuestra que las sentencias se redactan
en el despacho del abogado de una de las partes, y enfrentarse a Gutemberg Vera
significaría entregarse a Goliat sin piedra, honda ni escudo. Su inmunidad
parlamentaria sería la razón por la que no está tras las rejas
Pero lo más grave es que empiece
a desaparecer la fiscalización y se aceite esta máquina gubernamental con el
silencio. La Asamblea, los medios y los ciudadanos, son los encargados de
vigilar al ejecutivo. ¿Qué se puede esperar si a quienes constitucionalmente
tienen privilegios democráticos no se les permite denunciar casos de
corrupción? ¿Un país en el que la inmunidad parlamentaria se convertirá en
condición de ciudadano?


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